21 ABR 2017. Cadena SER, La Firma: Revolución

AUDIO: Cadena SER, La Firma: Revolución

La semana pasada, mientras devoraba una tapa de bacalao frito en el bar de Paquito El Limpio de la calle Aduar, mi amigo Salva sentenciaba la noche con una frase demoledora y a todas luces también,  desoladora, me decía: “Ahora, lo revolucionario, es cumplir la ley”.

Y es que, en esta ciudad que es Marbella, la corrupción del gilismo y del neogilismo ha corroído hasta los tuétanos  a un sector de la sociedad que se cree inmunizado ante la ley y que utiliza frases como “Esto siempre se ha hecho así”, “a mí nunca me han pedido nada”, “en 20 años nadie me ha preguntado por este permiso”, para que todo quede sabido y, por supuesto, todo quede en su sitio. A este efecto se le ha dado en llamar la socialización de la corrupción.

Si la vocación de la política debería ser la transformación de la realidad para mejorarla, para hacer del servicio a la ciudadanía una prioridad, para asentar los mimbres que creen futuro…. Cómo puede ser que la lucha, que la revolución, que lo revolucionario sea  cumplir la ley.

Porque lo que lleva implícita esta sentencia es que alguien se beneficia de lo público para su beneficio privado, y no hablo ya de los caudales públicos, que va, que esta ciudad ya ha tenido lo suyo, si no de los espacios públicos. Esto es las playas, el mobiliario urbano, el paseo marítimo, locales municipales…

Y el argumento, cuando se quiere revertir esta realidad, tozuda, es, en el 90% de los casos, esa frase de “siempre se ha hecho así”.

¿Cómo transformar la realidad? ¿Cómo transformar ese pensamiento que se asienta en tantos rincones de la ciudad? Pues desde la política. Pero claro, desde la política con vocación transformadora, no desde la política perpetuista o continuista. Y esto, en ocasiones, tiene un coste.

Los refranes son sabios y ya se dice desde allende los tiempos aquello de “Sí, pero quién pone el cascabel al gato”.

Complicado si se tiene la mira puesta a cuatro años vista. Porque la auténtica transformación requiere el apoyo de la ciudadanía, desde todos sus ámbitos, y  que se entierre de una vez por todas a los oportunistas que se creen inmunes ante la ley porque esto “siempre se ha hecho así”. Esta transformación lleva tiempo.

Dentro de un par de años, me gustaría sentarme con Salva de nuevo en El Limpio y que me mirara, socarrón, como siempre, y que me dijera, con el orgullo y con la satisfacción del trabajo bien hecho. He logrado ser, soy, un revolucionario. He logrado que se cumpla la ley.

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