24 NOV 2017. Cadena SER, La Firma: María, eres una inútil

María eres estúpida

María no vales nada

María quién es ese

María dónde vas

María eres una inútil

Y el infierno se desata con nocturnidad y alevosía, con un tintineo de llaves en la puerta. Detrás del insulto, de la vergüenza, detrás de la ignominia, el tintineo de las llaves en la puerta. El infierno.

María te lo advertí

María, así no salgas

El primero llega siempre con sorpresa, porque pese a todo, pese a los años, aún te parece inconcebible. El segundo, la confirmación del horror, el tercero el dolor, el cuarto la imploración, el quinto, el desgarro.

Tú tienes la culpa, María, tú tienes la culpa.

Y en la mañana, cuando el sol despunta, tu cara tumefacta es un borrón en el espejo. NO eres tú, no eres María. Eres otra. Otra que está más allá. Lejos.

Y él se levanta y te mira con ojos de cordero degollado y se disculpa y te dice que eres el amor de su vida y trata de besarte los labios partidos. Y te resistes un instante y luego te abandonas. María te quiero, María, tú me obligas a hacerlo, tú me obligas.

Y ahora entre el miedo y la vergüenza se asienta el complejo de culpabilidad. Y aunque eres consciente de que siempre es lo mismo, siempre, un círculo de horror aciago, de dolor, de terror inmenso, no puedes decir que no. Te encuentras atrapada en una vida que no es la tuya, que no elegiste, y lo sabes, y no puedes decir que no.

Intentas hacer vida normal, acompañar a tu hija al colegio, ir a trabajar, después ir al curso de inglés, ya no vas al gimnasio, claro, recoger a la pequeña en la casa de su abuela. Te has maquillado bien, gafas de sol, pañuelo al cuello. El dolor pasa. Ibuprofeno, paracetamol, algo suave para dormir. Él se convierte en aquel novio que parecía ser. Una flor, un mensaje de wasap. Te lo crees, te engañas, te lo crees. Esta es la buena piensas. Ha cambiado.

Y otra noche, apenas han dado las nueve, la niña duerme, escuchas el tintineo de las llaves, unos pasos en el pasillo. Esta vez ni siquiera dice una palabra, te cruza la cara con la palma de la mano, y luego un puñetazo en el abdomen y una patada. Caes al suelo, hecha un ovillo y lloras y suplicas. Y logras abrir los ojos y allí está la pequeña, en la puerta de su habitación y estiras la mano hacia ella y él se gira y la empuja dentro y cierra la puerta y te vuelve a mirar. Un paso, dos, una nueva patada. Todo oscuro y dolor.

Escuchas un ruido sordo, un portazo. Es la mañana. Aún estás tirada en una esquina del salón. Dolor. Te levantas como puedes y vas a comprobar cómo está la pequeña. Sentada en su cama, los ojos abiertos, te mira, llora, la pequeña, qué pequeña, y te abrazas a ella porque es tu único refugio. Y todo duele. Todo duele. Y tomas una decisión. Tienes cuatro horas hasta que él vuelva.

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