ESCUCHAR: La Firma, SER Marbella Costa del Sol: “Franco y mi abuela Nieves”

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El día en el que el Congreso aprueba el decreto para sacar los restos de Franco del Vale de los caÍdos, termino el libro de Cristina Fallarás “Honrarás a tu padre ya tu madre”, un libro que habla de familias, de heridas y silencios, de vencedores y castigados, de vencidos hasta la extenuación.

Mi familia también perdió. Mi familia fue de las que perdió. Una familia obrera, pobre, humilde y militante.

MI abuela Nieves ingresó forzada por la necesidad en un orfanato de Barakaldo. Su familia no podía dar de comer a todos los hermanos, así que ella, en su doble condición de fémina y hermana mayor, pagó la pobreza de todos. Tenía doce años y durante la guerra escuchaba las sirenas de alerta cuando la aviación fascista aparecía por el horizonte del monte Serantes y dejaba caer su carga mortal de dolor sobre la población civil. A veces corrían a los sótanos de la residencia Miranda, otras a los dos refugios antiaéreos que se situaban en los bajos del estadio de fútbol municipal. Todo era estruendo.

Terminada, perdida, la guerra. Los hombres de la casa se quedaron a defender o a pagar la indecencia de haber luchado por el bando republicano y ella, su madre y su hermana, se dirigieron a Santander, para luego cruzar el cantábrico hasta la localidad francesa de Lisié donde permanecieron un tiempo que nunca supe determinar, atendiendo en casas de otros, refugiadas, emigrantes del dolor de la guerra.

Desconozco las circunstancias de su regreso a Barakaldo desde Francia, el regreso a una posguerra brutal, de castigo feroz, donde no se hacía distingo de sexo ni de edad en las razzias nocturnas que diligentemente practicaba la falange. Una tarde, mediados los años cuarenta, el desaparecido tío Antonio apareció por la casa familiar de Rontegi. Hacía casi una década que no sabían de él. La familia estaba convencida de que había muerto en la guerra. Nunca contó que pasó, tampoco nunca fue el mismo.

Antes de que el Alzheimer se llevara su memoria, mi abuela Nieves me contó estas historias una y mil veces, los detalles, sin ninguna acritud, como una aventura, la onza de chocolate que comían en un atestado cine de Santander mientras esperaban la huída, el olor a queso del barco que finalmente les transportó, la mirada incrédula de su madre cuando vio aparecer por la huerta al fantasma de su hermano. Contaba estos sucesos como el relato de un cuento, como una irrealidad, como un sueño.

Nunca nadie pidió perdón a mi abuela, a su familia, nunca. Nunca se hizo justicia con esa familia pobre, obrera y militante que padeció el rigor de la guerra y de la posguerra en el centro más íntimo de su ser.

Por ella, por mí, permitidme que sienta con la expulsión de Franco del Valle de los Caídos una alegría sorda y triste y que recuerde la voz de mi abuela cuando me contaba aquellos sucedidos en torno a un café. Permitidme hoy que en mi memoria solo esté ella. Nieves Foncuberta Quiñoa.

3 comentarios

  • Exacto.Y la gente que se llevaban por las noches a un sitio llamado Tomasillo,cerquisima de casa y que nunca se investigó de verdad la fosa común que todo el mundo sospechaba que había allí y en otros lugares del mismísimo entorno..

  • Cuanta verdad en tus palabras y cuanta falta de humanidad en gran parte de las personas, algunos volvieron pero otros tal vez como decía el poema de Vicente Medina …
    Pa qué quiés que vaya? Pa ver cuatro espigas
    arroyás y pegás a la tierra;
    pa ver los sarmientos ruines y mustios
    y esnúas las cepas,
    sin un grano……..
    No tuvieron la motivaciones……

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